Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. Eclesiastés 1:2

Comenzamos a reflexionar sobre un nuevo libro de la Biblia, en esta ocasión estaremos acampando sobre Eclesiastés escrito por el hijo de David: el Rey Salomón. Este hombre ha sido la persona más sabia que ha estado en el mundo, además también fue una de las personas más ricas que han existido.

Podríamos decir que Salomón tuvo el mundo a sus pies, vivió una vida al máximo en todos los sentidos, pero cuando este poderoso hombre se hizo anciano, sobre las páginas de su diario reconoció que absolutamente “todo es vanidad”.

Esta fue una de las lecciones más sabias que Salomón nos ofrece por medio de su libro. Nuestro corazón disfruta, se distrae y se alegra con los placeres y las chucherías que este mundo nos ofrece, pero no debemos dejarnos engañar por la felicidad temporal y pasajera de este mundo.

Todo aquello que te produce gozo tiene una fecha de caducidad, todo lo que te rodea en este preciso instante dentro de muy poco cambiará o simplemente dejará de estar. Por ese motivo nuestra identidad y nuestro tesoro debe estar anclado en la único que es Eterno. Solo Dios puede satisfacer el vacío tan grande que tiene nuestra alma. No corras ni persigas las vanidades que este mundo te presenta en bandejas de plata, busca con todas tus fuerzas la presencia y el rostro del Señor.

Deseo que al final de tu vida, cuando seas anciano y mires atrás, no te arrepientas como Salomón de haber invertido y malgastado toda tu vida en cosas vanas. Busca lo eterno y trabaja por aquellas cosas que son realmente valiosas.