Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes. Éxodo 30:30

Dios estableció que la marca de la consagración fuese la unción del aceite. A lo largo de la historia vemos como se ungieron objetos, lugares y sobre todo personas. Cuando esto sucedía aquello que había sido ungido quedaba completamente consagrado para Dios, era algo apartado y exclusivo para el Señor. Dios ungió a sacerdotes, profetas y reyes, pero lo más importante es que este acto apuntaba hacia el ungido que había de venir.

Cristo es el ungido de Dios, el Hijo es el Santo de los Santos y ahora todos aquellos que hemos recibido a Jesús como nuestro Señor y Salvador hemos sido ungidos por medio de Él. Todos los creyentes somos ungidos, hemos sido apartados y consagrados para el servicio exclusivo de Dios.

El aceite es uno de los símbolos del Espíritu Santo, la tercera persona de la trinidad que ha venido a morar a nuestro interior. Ahora ya no tenemos intermediarios porque cada uno de nosotros somos sacerdotes y reyes de Dios. Tenemos un gran privilegio, pero a la vez una gran responsabilidad. Hemos sido elegidos y apartados para servir y vivir para la gloria de Dios.

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