Y viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente. Génesis 37:4

La guinda del pastel para la gran familia desestructurada de Jacob fue el favoritismo que el padre tenía para con José, el hijo menor. Varios gestos y detalles fueron llenando poco a poco el interior de cada uno de sus hermanos de ira, celos y envidia. Por supuesto que como padres debemos analizar muy bien el trato que entregamos a cada uno de nuestros hijos para ser lo más parciales y justos posibles. Nunca es bueno hacer “acepción de personas” y mucho menos entre los propios hijos.

Aún así lo más importante es rechazar todos los sentimientos y pensamientos negativos que trataran de conquistar nuestros corazones. Vivimos en un mundo lleno de injusticias donde la maldad reina y pasea por las calles. Debemos arrancar de nuestras vidas toda “raíz de amargura”, todo aquello que produzca algún mal deseo contra alguien.

Nuestra identidad debe estar bien anclada en las palabras del Señor, lo más importante es saber quien dice Dios que soy, sentirme aceptado y amado por él. El amor eterno del Dios eterno es lo único que puede librar a nuestras almas egocéntricas de las redes del rencor, de los celos y de la envidia. Corre hacía la cruz para contemplar el amor de Cristo derramado por medio de su sacrificio. Eres aceptado y valioso en Cristo y esta gran verdad es completamente suficiente.

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