“Y al octavo día se circuncidará al niño” Levítico 12:3

Todas las mujeres en el momento que daban a luz debían de purificarse y ofrecer sacrificios debido a los días de su menstruación. Algo muy importante es que todo varón debía de ser circuncidado al octavo día ya que esta era la marca del pacto que Dios había establecido entre Él y su pueblo Israel.

Esta señal física en el cuerpo les recordaría que eran el pueblo elegido por Dios. Ellos estaban apartados y consagrados, eran diferentes al resto de las naciones y por siempre tendrían la marca de la gracia.

Siglos después en el nuevo pacto Dios marcaría y circuncidaría el interior del corazón de todos los hombres y mujeres que pasarían a ser su nuevo pueblo espiritual. Ahora no contamos con una marca física porque hemos sido marcados por siempre con el Espíritu Santo. En nuestro interior habita la tercera persona de la trinidad el cual nunca saldrá de nosotros.

Su voz nos recuerda en todo momento que somos especiales para Dios, que hemos sido salvados y elegidos por su gracia y misericordia. El Espíritu Santo es el que nos ayuda a crecer en el proceso de santificación. Somos el pueblo de Dios, somos diferentes al resto de las naciones porque hemos sido consagrados y apartados para la gloria de Dios.