“Cuando hubiere llaga de lepra en el hombre, será traído al sacerdote” Levítico 13:9

En este capitulo se nos habla de todo lo que los sacerdotes deberían de hacer cuando detectaran e identificaran la enfermedad de la lepra en la piel de alguna persona. La lepra te apartaba de todo lo que más amabas, la lepra te lo quitaba absolutamente todo. El leproso debía abandonar su hogar, su trabajo, sus amigos y a su familia. Si la enfermedad no era muy grave probablemente en algún tiempo podría regresar, pero la gran mayoría jamás volvían ya que la lepra continuaba extendiéndose por todo el cuerpo.

Todos los seres humanos estamos contagiados y dañados por la lepra del pecado. Desde que nacemos venimos afectados con el pecado, y de la misma manera que sucede con la lepra el pecado con el paso de los años avanza por nuestro cuerpo dañando cada vez más a nuestra mente y a nuestro corazón. El pecado destruye las relaciones con el prójimo, el pecado distorsiona nuestra identidad y el pecado nos aleja de la presencia de Dios.

Solo Jesús es el único que puede y quiere tocar a los leprosos espirituales para restaurar sus vidas por completo. La sangre de Cristo es la que quita el pecado y sana la lepra de nuestro corazón. Jesús te reconcilia con las personas, te ofrece una nueva identidad y lo más maravilloso te lleva junto al Padre para disfrutar por toda una eternidad. Si eres un leproso espiritual corre hacia Cristo para que te salve y si por el contrario ya eres un leproso sano corre hacia Cristo para servirle y adorarle.

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