Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?. Mateo 27:46

Con toda seguridad podemos afirmar que nos encontramos ante las palabras y el evento más triste y cruel de toda la historia de la humanidad. El creador del universo, el Eterno encarnado en la persona de Jesús, sostenido entre el cielo y la tierra colgado de una cruz maldita. El Salvador del mundo, el que dejó la gloria del cielo para venir a restaurar, abrazar y amar al hombre precisamente estaba siendo humillado y quebrantado por los hombres.

Lo más doloroso de esta escena no es la agonía física que Jesús experimentó, ni tampoco los gritos e insultos que recibió; sin lugar a dudas el instante más terrible fue cuando El Hijo Amado sintió la ausencia y lejanía de su Padre. (No somos conscientes de todo lo que significa y representa este momento).

El Inocente muriendo por los culpables, el Bueno entregándose por los malos, el Justo ocupando el lugar de los injustos. “En la cruz del calvario el Dios Padre trató a su Hijo, como si hubiera llevado tu vida, para tratarte a ti, como si tu hubieras llevado la suya”. La IRA de todo el pecado fue derramada sobre Jesucristo, él estuvo dispuesto a recibir el golpe para que nosotros disfrutáramos del beso. Cristo sufrió la soledad y el abandono de su Padre para que nosotros podamos disfrutar de él por toda una Eternidad.