El ser humano tiene un vacío en su corazón del tamaño de Dios. Nuestras almas están sedientas, constantemente tratamos de llenarnos y encontrar el agua que nos sacie en los diversos pozos que este mundo nos ofrece. Como dijo San Agustín «Fuimos creados para Dios y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en él». A través de esta historia podrás identificarte con una mujer que vivía completamente prisionera de su pozo pero que finalmente encontró la libertad, la restauración y el gozo en la maravillosa persona de Jesucristo.

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad