El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios. Proverbios 28:13 y 14

Cuando estamos practicando algún tipo de pecado y no lo confesamos interiormente es como si tuviésemos un cáncer espiritual que poco a poco va destruyendo nuestra relación con Dios. El rey David cuando ocultó su pecado con la hermosa Betsabe dijo: “mientras callé mis huesos se envejecieron”.

No hay una etapa más terrible para el cristiano que cuando cae en el error de abrazar su pecado. A veces escondemos nuestros errores bajo nuestras tiendas como hizo Acán y pensamos que nadie sabe lo que nos sucede pero se nos olvida que Dios lo conoce y lo ve absolutamente todo. El pecado te paraliza, te impide crecer, te roba el gozo, hace entristecerse al bendito Espíritu Santo, seca completamente tu fe e incluso puede afectar al resto de los hermanos en la congregación.

Hemos de tener la valentía para en primer lugar CONFESAR nuestro pecado al que sabe que estamos pecando. También en muchas ocasiones es liberador y muy recomendable confesar nuestros errores a hermanos maduro en el Señor para que nos apoyen en oración y nos ofrezcan consejos bíblicos.

Para no caer en el terreno de la decadencia espiritual necesitamos anclar nuestro corazón siempre en el temor a Dios. Solo aquellos cristianos que viven y caminan sabiendo que Dios los observa todo el día viven en completa libertad. Cuando esto sucede por fin se acabaron las máscaras, las dobles vidas y la hipocresía.

El creyente que teme a Dios, camina, habla, escucha, come, bebé, baila disfruta y hace el resto de las cosas bajo la atenta mirada de un Dios completamente santo. En este día analiza y escudriña tu corazón delante del Señor y confiesa todas aquellas cosas que puedan ser una carga en tu vida.