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Romanos 7:4

Romanos 7:4 “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios”.
 
El apóstol Pablo a través de la analogía del matrimonio mostró como era nuestra relación con el pecado y la libertad que hemos obtenido gracias a Cristo. De la misma manera que la mujer estaba unida a su marido hasta la muerte y tras la muerte era libre para casarse con otro hombre, nosotros estábamos unidos al pecado hasta que hemos nacido de nuevo a través de la regeneración que ha realizado el Espíritu Santo. Ahora somos una nueva criatura, el pecado ha muerto en nosotros y somos libres para unirnos o casarnos con Cristo.
 
Al igual que una mujer viuda ya no le pertenece a su marido fallecido, nosotros no le pertenecemos al diablo ni tampoco al pecado. Aquellos que hemos creído en el evangelio somos de Cristo desde ahora y para siempre. Por supuesto que somos tentados, fallamos, caemos y pecamos, pero la gran diferencia es que ya no le pertenecemos al pecado, el pecado ya no se puede enseñorear de nosotros. Incluso aunque pequemos somos del Señor porque Él nos ha justificado y adquirido a través del precio de Su sangre.
 
Aquellos que formamos parte de la iglesia del Señor somos su novia y su amada. Nuestro marido es aquel que en la cruz venció al diablo, al pecado y a la muerte. Ya no estamos bajo la maldición, el poder, el dominio y la influencia del pecado porque Cristo Jesús resucitó al tercer día. Todas las cadenas espirituales que teníamos desde el huerto del Edén han sido completamente rotas. Ahora somos libres y la maravillosa persona del Espíritu Santo habita en nuestro interior capacitándonos para llevar mucho fruto para la gloria de nuestro Dios.