Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado, Jehová Dios mío, te alabaré para siempre. Salmo 30:11 y 12

Este es un versículo precioso que nos recuerda como la mano de Dios ha transformado nuestras vidas de una manera radical. Muchos de nosotros nos encontrábamos en lamento antes de conocer al Señor pero todo cambio en el momento que tuvimos un encuentro personal con Cristo.

El mensaje del Evangelio nos ha ofrecido gozo, ánimo y esperanza en medio de un mundo que vive inmerso en la ansiedad, la tristeza y la depresión. Nosotros los hijos de Dios contamos con vestidos de fiesta y en medio de cualquier circunstancia adversa podemos y debemos levantar nuestra alabanza.

No permitas que nada ni nadie cierre tus labios, no dejes que los problemas te roben tu canción. No olvidemos jamás quienes éramos y como nos encontrábamos. Solo cuando miramos hacia atrás y reconocemos como era nuestra condición y en el lugar donde estamos actualmente podemos celebrar y adorar el nombre de Dios.

Dedica unos minutos a recordar quien eras o a pensar quien serías hoy día si el Señor no hubiera salido a tu encuentro, después de hacer este ejercicio veras que de tu interior solo salen palabras de agradecimiento y alabanzas hacia tu Señor y Salvador.