Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, porque de día y de noche se agravó sobre mi tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: confesaré mis transgresiones a Jehová; y tu perdonaste la maldad de mi pecado. Salmo 32: 3-5

Si pecar es algo terrible, mucho más terrible es ocultar el pecado. Cuando hemos cometido un error o estamos realizando una práctica que nadie sabe y que aún no ha sido confesada a Dios, nuestro espíritu se va contristando y poco a poco nos vamos secando y endureciendo.

David estuvo completamente apagado, perdió el gozo, su arpa y su canción mientras oculto el pecado que había cometido con Betsabe. En ocasiones por temor a las consecuencias o por temor a ser juzgado por los hombres ocultamos y metemos bajo la alfombra aquello que estamos haciendo en el secreto.

En vez de tener temor a los hombres deberíamos tener temor a Dios. Al hombre fácilmente lo podemos engañar, pero con Dios jamás lo conseguiremos, todo lo que hacemos lo hacemos ante su atenta mirada. Además, cuando ocultamos el pecado tenemos que ponernos la máscara de la hipocresía para tratar de mostrar algo que realmente no somos.

Seamos libres de todo el peso del pecado, si fallamos en algo seamos valientes y sinceros para confesar. No olvidemos que la misericordia y la Gracia de Dios perdonan todos nuestros pecados, pero para poder disfrutar del perdón antes debemos confesar.

Limpiemos nuestra iglesia, nuestros corazones y familias de todo el pecado que a veces vamos guardando. Confesemos nuestros pecados y entonces Dios abrirá las ventanas de los cielos y derramará grandes cosas. Medita en este día si hay algo que debas confesar y si es así saca toda la basura de tu corazón ante el trono de la Gracia.