Con mi voz clamé a Dios, A Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi angustia; Alzaba a él mis manos de noche, sin descanso. Salmo 77:1 y 2

Tenemos que aprender a clamar y a interceder, en ocasiones nuestras oraciones y peticiones al Señor son muy superficiales. Debemos tener la misma actitud valiente que aquella mujer que se lanzó a la calle para tocar a Jesús o la perseverancia que mostró Jacob durante su noche en Peniel.

Trábate con Dios cada día, clama, grita, llora y demuéstrale a tu alma que vas en serio. No dejes tu petición y tu oración en el cajón, no tengas un cristianismo pasivo. Recuerda que esto se trata de luchar y de forzar la entrada como los violentos que arrebatan el Reino de los cielos.

Imita la intensidad y la pasión del salmista. Dios desea bendecirnos pero también desea vernos día y noche buscando su rostro. Sigue y no entierres el clamor y la necesidad que hay en lo más profundo de tu corazón.

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