“Yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo” Levítico 11:45

Algo que nunca debemos olvidar es de donde el Señor nos ha librado a cada uno de aquellos que somos sus hijos y formamos su pueblo. Dios nos ha rescatado y redimido de las garras del diablo y del sistema perverso de este mundo caído en el que nos encontramos. Ahora somos libres y lo que se espera de nosotros es que mostremos la santidad de aquel que nos llamó.

Debemos ser Santos porque Dios el que ahora habita en nosotros es completamente Santo. No debemos ver la santidad como una carga o un deber, sino por el contrario como un gozo y un privilegio que tenemos solo aquellos que han sido llamados por gracia a caminar junto al Eterno. La santidad en definitiva es un llamado a la “SEPARACIÓN” para consagrarnos a Dios.

La santidad de Dios es la máxima esencia de su ser. Dios es santo porque está apartado de toda la creación y es santo porque está separado de todo pecado. Por medio de la santidad podemos demostrar realmente nuestra nueva identidad y que somos verdaderos hijos de Dios. Mientras las personas sin ningún tipo de propósito en sus vidas se ensucian y se recrean en los charcos de este mundo, nosotros como la novia de Cristo tenemos un hermoso llamado a cuidar nuestros vestidos para las gloriosas bodas del Cordero de las que disfrutaremos por toda la eternidad.

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