“Y derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió para santificarlo” Levítico 8:12

Dios llamó a Moisés como profeta para ser su representante ante los hombres y escogió a Aarón como el primer sacerdote de su pueblo. Él tendría la oportunidad, la responsabilidad y el privilegio de mediar entre Dios y los hombres entregando sacrificios por sus pecados. Con el deseo de apartarlo y consagrarlo para este servicio fue ungido con aceite.

Este acto simbólico y profético apuntaba hacia el último gran sacerdote que vendría a este mundo: Jesucristo. Él es el único mediador entre Dios y los hombres y ahora, gracias a Él y por medio de Él cada creyente ha sido ungido con el aceite que representa a la persona del Espíritu Santo.

Los hijos de Dios contamos con la unción del Espíritu Santo. De la misma manera que Aarón nosotros estamos apartados y consagrados para el servicio a Dios. Que privilegio saber que ahora tenemos comunión directa con la maravillosa presencia de Dios, ya no debemos presentarnos con sacrificios porque Jesús es el cordero que limpió todos nuestros pecados. Vivamos cada día entendiendo que somos sacerdotes de Dios y disfrutando de la relación y la comunión intima que podemos tener con nuestro buen Padre celestial.