Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Mateo 2:11

Estos sabios fueron guiados por una estrella hasta llegar a la presencia del niño más importante que ha nacido en la historia de la humanidad. ¿Te imaginas lo que tendría que ser ver al Dios Eterno en el cuerpo de un tierno bebé? En ese cuerpo tan pequeñito, se encontraba el Todopoderoso.

Estos hombres al ver a Jesús hicieron lo que todos debemos hacer desde el momento que tenemos un encuentro con Cristo: “ADORAR”. Delante de Jesús no podemos estar de manera indiferente, ver a Jesús no es ver a alguien más. Cada día deberíamos sacar un tiempo para buscar el rostro del Señor y adorarlo.

Es muy interesante la simbología y las profecías que hay detrás de cada uno de los presentes que le entregaron en el pesebre.

El ORO que representa la realeza para aquel que por todos los siglos es y será El Rey de Reyes y el Señor de Señores.

El INCIENSO el material que estaba relacionado con los sacerdotes y su oficio en el Templo. Cristo es el último gran Sumo Sacerdote, él es el verdadero mediador entre Dios y los hombres, él intercede por nosotros y nació para crear un puente y un camino que nos lleva hasta los brazos del Padre.

La MIRRA era la esencia que se usaba para los cuerpos sin vida. Ese niño tierno y bonito nació con el propósito de morir por todas nuestras miserias y pecados. El Salvador del mundo para salvar al mundo antes debía de ser colgado en un madero.

Por todas estas cosas tenemos motivos más que suficientes para adorar al Señor cada día de nuestras vidas.