Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mi. Salmo 131: 1

Estás palabras fueron escritas por David, él como Rey pudo vivir rodeado de grandes riquezas como su hijo Salomón años más tarde lo hizo. Pero recuerda que David era un varón conforme al corazón de Dios.

No está mal tener lujos, riquezas o dinero, el problema es cuando nuestro corazón ama, se liga, anhela y busca conseguir estas cosas. En medio de un mundo tan superficial y materialista como el que vivimos debemos guardarnos para no caer en la tentación de querer acumular y tener cada vez más cosas.

El verdadero hijo de Dios es alguien humilde de corazón, su alegría y su tesoro no se encuentra en las cosas sino en la persona de Cristo. Si hemos nacido de nuevo no debemos estar buscando constantemente las cosas de este mundo sino las del cielo. Recuerda que el diablo desea captar tu atención ofreciéndote oro, plata y euros. Pero tú y yo lo que debemos hacer es anclar nuestra mirada solo en Cristo porque solo Él es la perla de gran valor.

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